Rastro invisible de la muerte

Hay recuerdos que no se guardan en fotografías. Hay quienes recuerdan el 19 de septiembre de 1985 por el ruido de los edificios al caer, por el movimiento de la tierra o por el polvo que cubrió las calles. Otros lo recuerdan por los gritos, las sirenas, el silencio que vino después.

Pero hay quienes, cuando vuelven a hablar de aquel día, recuerdan un olor. Un olor que no aparece en las fotografías de los edificios derrumbados ni en los titulares de los periódicos. Un olor que no puede registrarse en una cifra ni en un acta de defunción.

El 19 de septiembre de 1985

“Tengo la tristeza de decir que estoy en presencia de uno de los más grandes desastres que he visto en la historia de la Ciudad de México desde que nací en ella” comentaba Jacobo Zabludovsky en una crónica transmitida en vivo por la estación de radio XEW.

El 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México se sacudió. Un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter deshizo la vida de miles de personas, al igual que los más de 250 edificios que se derrumbaron en cuestión de minutos.

Eran las 7:19 de la mañana. Algunos se preparaban para salir a trabajar o a la escuela. Otros ya estaban fuera: caminaban con sus mascotas, compraban pan o leche. Olía a café, a mañana fresca, a smog, olores que son propios de una ciudad como la es la Ciudad de México.

De pronto, el suelo rugió. La tierra crujía con un sonido indescriptible. En segundos, sin que los chilangos pudieran reaccionar, los edificios comenzaron a caer. El mundo literalmente se les vino encima: en casa, en el trabajo, de vacaciones. Algunos sobrevivieron bajo los escombros. Otros no salieron de ahí.

Durante la semana siguiente, los titulares de El Sol de México reflejaron el horror: “Paralizada y Semidestruida la Ciudad”, “Desolador Panorama”, “En minutos, la Ciudad se volvió escombros” , “Los gigantes se vinieron abajo”, “Fatídico diecinueve”, “Una Ciudad entre escombros”.

Y en efecto, había un desolador panorama en la ciudad. ¿Volvería a temblar? ¿Qué iba a pasar con todas las estructuras dañadas? con los damnificados, con las vidas de cientos de personas. Ahora la ciudad olía a polvo y metal, a concreto roto, a gas filtrado y a miedo. El aire estaba cargado de una sustancia densa, gris, que raspaba la garganta y se colaba en los pulmones. Se respiraba polvo, pero también se olía el miedo.

“Los gigantes se vinieron abajo”

Donde alguna vez estuvo el majestuoso Hotel Regis, hoy hay una plaza. En 1985, ese símbolo de lujo fue reducido a ruinas. Su caída probó la magnitud del desastre: la ciudad había colapsado sobre sí misma.

Jacobo Zabludovsky lo narró sin guion, lo narró observando en tiempo real como la ciudad se derrumbaba:

“El hotel Regis se derrumbó, queda sólo la parte antigua, la parte central que tiene cuatro columnas, corintias es la única que quedó, pero está totalmente destruida la parte en donde estaba el restaurante o cabaret Capri, también en donde está la cafetería Regis, está totalmente destruido”.

La ciudad se convirtió en un campo de escombros, sus gigantes edificios se habían derrumbado. Cada rincón herido contaba su propia tragedia.

Fotografía: Remoción, demolición y limpieza (2/4). Escombros del Hotel Regis. Enrique Bordes Mangel, 1985. Archivo Fotográfico “Manuel Toussaint”, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.

El olor: la huella que las cifras no capturan

Una investigación de Milenio muestra que las cifras de las muertes que reflejan la magnitud del terremoto siguen siendo inexactas. Los registros de la época ofrecen un panorama fragmentado:

  • El Registro Civil de la Ciudad de México contabilizó tres mil 692 muertes.
  • El entonces regente del Departamento del Distrito Federal, Ramón Aguirre Velázquez, habló primero de 2,500 y después de 6,500 al sumar los cuerpos atrapados bajo los escombros.
  • El Instituto Mexicano del Seguro Social estimó entre tres mil y seis mil fallecimientos.
  • La Secretaría de Protección y Vialidad, seis mil 300. Y la Comisión Pluripartidista, nueve mil 89. Los medios difundieron cifras de hasta 10 mil muertos.
  • La Cruz Roja calculó 15 mil.
  • Algunas agencias periodísticas hablaron de entre 10 mil y 30 mil.
  • El Servicio Sismológico Nacional estimó que pudieron haber muerto hasta 40 mil personas.

En 2015, el periódico Excélsior solicitó al Registro Civil una estimación basada en las actas de defunción. Gracias a la digitalización de los archivos, se identificaron 12 mil 843 muertes relacionadas con el terremoto: nueve mil 862 personas con causas como “traumatismo por derrumbe” y otras dos mil 981 sin identificar, fueron enterradas en fosas comunes.

Pero estos esfuerzos no alcanzan a dimensionar la pérdida. Como documenta Elena Poniatowska en Nada, nadie. Las voces del temblor, la magnitud del desastre superó la capacidad de las morgues. Muchos cuerpos permanecieron días entre los escombros, y la descomposición dificultó su identificación.

Miles de personas desaparecieron sin dejar rastro o un número. Muchos cuerpos fueron sepultados sin nombre y que familias enteras se desvanecieron bajo los escombros, solo queda hablar de lo que no se puede ver: el olor.

Los números dejaron de servir para medir, los capitalinos lo recuerdan con dolor. El olor a muerte impregnó el aire de la capital. Era el testimonio más crudo y natural de los cuerpos que quedaron atrapados entre los escombros, de las personas que nadie encontró, que nadie reclamó, de los desaparecidos. Como cualquier cuerpo humano, comenzaron a descomponerse. Era imposible escapar del olor, un olor que gritaba.

Olía a carne podrida

“La tristeza por primera vez tuvo color y también aroma”, se escuchó en una cápsula informativa de TV Azteca al cumplirse 30 años del terremoto. Y sí: ese olor fue la manifestación física de lo que ya no podía verse.

Gustavo tenía 12 años cuando ocurrió el sismo. Recorriendo la ciudad junto a su padre taxista, recuerda que en muchos trayectos el olor era intenso. El olor era lo único que quedaba de las miles de personas que no volvieron.

“Olía podrido, a carne feo. El escombro que estaba en los edificios caídos apestaba, olía feo. Imagínate una carnicería, así de putrefacción. Nosotros sabíamos que era por las personas (o los pedazos de personas) que no habían rescatado, que seguían ahí enterrados” mencionó Gustavo Martínez Sierra.

Por otro lado María Uribe Baca, quien trabajaba en la Comisión para la Regularización de la Tenencia de la Tierra, ubicada en la colonia Juárez, una de las colonias más afectadas por el sismo. María describió que todos los días, durante meses, se respiraba un hedor persistente a carne podrida: “yo trabajaba en esa zona y todos los meses siguientes fueron muy muy feos, oliendo todos los días a carne podrida por todos lados. Y viendo los bultos en los hoteles, los estaban apilando, fueron días, meses, muy terribles”.

El olor gritó por los que ya no podían hacerlo. El olor fue la voz de la tragedia, de las
personas que no pudieron salir de los escombros. El olor fue el rastro invisible de la muerte, un rastro que no se podía ver a simple vista, un rastro que quedó en la memoria de los habitantes de la Ciudad de México.

El olor que se queda en la memoria

El terremoto del 85 dejó marcas en la ciudad y otras, más profundas, en la memoria. Una ciudad entre escombros, una población que resistió y miles de personas cuyo rastro se volvió invisible. Pero siguen ahí: en el aire, en la tierra, en las historias que se niegan a desaparecer.

Cuarenta y un años después, quienes vivieron el terremoto todavía pueden recordar aquel olor cuando lo cuentan. Quienes nacimos después solo podemos imaginarlo a través de los recuerdos que habitan en su memoria.

Paulina Martínez Colín

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